Anexo III – Reglas del Juego Político
(
Transcripción parcial del punto 2.1 del
ensayo del autor “Hacia una nueva idoneidad
política” Ocruxaves, 97)
Examinemos las reglas del juego político existente: “ cada partido recluta - entre
sus afiliados o extrapartidarios invitados- a los potenciales
postulantes a los cargos electivos vacantes, por el voto de sus afiliados. Tal
acto eleccionario no es obligatorio, presentándose un tercio - promedio-
del padrón partidario, debiendo cumplir con todo el requisito legal vigente y
convalidado por la justicia electoral. Estas normas han sido sancionadas por
los legisladores, en cuanto le indican las normas constitucionales. Más aún,
ninguna de ellas impide a un ciudadano de bien acceder a cargos políticos. Este
proceso selectivo es legalmente inobjetable como improductivo, ya que genera
una dirigencia que no satisface las demandas sociales en la materia. O podría
colegirse que estos políticos son lo que
tenemos y merecemos. Es decir, una muestra significativa y
representativa de nuestra sociedad:
Tratemos
de ver paso a paso, este proceso selectivo:
En todos los casos, la
decisión corre por cuenta propia, producto de una autovaloración para el cargo que se postula, considerándose apto
para el mismo. Obviamente serán los otros afiliados quienes decidirán quién
ganará. Podrán ser los mejores entre los postulantes, pero no garantiza su
aptitud para el cargo en juego. Generalmente no hay vacantes cuando no
se halla el candidato apropiado al mismo. Un político ha tenido que recorrer un
largo camino hacia el cargo electivo alcanzado. Tuvo que autoconsiderarse
idóneo para aquel, convalidado por sus pares afiliados en el proceso selectivo
partidario. Una vez electo y en ejercicio del cargo, demostrar a sus
partidarios, sus mandantes soberanos, a los que no lo votaron, de su probidad
para el desempeño del mismo. Cuán difícil, sino imposible, reconocer sus
falencias en el transcurso de su mandato, o antes. Primero su autoestima, luego
sus íntimos, correligionarios, adherentes, críticos... Evidentemente existen
funestos mecanismos, propios de los humanos, factibles de soslayar tanta
desgracia: racionalización, negación,
disociación, proyección... y otros complementarios: soberbia, sobreestimación, desentendimiento, fijación y algún otro
más que Ud. pueda aportar. Evidentemente, desde la misma cuna selectiva emerge
la subjetividad: autovaloración, autoproposición, con la consiguiente
probabilidad de sobreestimación de sus cualidades individuales - léase narcisismo- o de impulsos
exhibicionistas, una cámara aquí, por
favor, o poseer una información distorsionada del futuro rol político a
desempeñar. Ello, avalado por partidarios de similar visión y estimulado por
quienes pueden verse favorecidos por beneficios colaterales de la política, más
allá de evaluar las reales capacidades del candidato (léase familiares y
allegados).
Este análisis del proceso selectivo de nuestra
dirigencia, determina tanto su carácter legal-inobjetable, como falaz, en
cuanto a que tal proceso recluta lo mejor de nuestra sociedad. Tal proceso no garantiza ni cualitativamente ni
cuantitativamente una técnica de representación fiable. Esto no es lo que nos representa sino aquello que nos ofrecen los
partidos políticos actuales, no lo que nos merecemos.
Cualquier avezado político,
ante estas aseveraciones, dirá que son burdas reducciones de un proceso
partidario que implica un exhaustivo trabajo, concienzudas evaluaciones,
análisis, etc.... Pero la realidad nos dará un claro veredicto: el descrédito
general de los políticos emergentes de sus internas partidarias (indefendible).
No he referenciado anécdotas
de los políticos notorios, que ratificarían mis aseveraciones. Ellos no crearon
las reglas del juego, devienen. A lo
sumo se les puede endilgar que las mantienen. Sus propias limitaciones los
eximen de culpabilidad. Igualmente, un cambio radical en las reglas de
representación, gestionadas por ellos mismos, no le garantizará su continuidad.
Observemos la realidad cotidiana: solo ante la presión de pruebas irrefutables
- a criterio de la ciudadanía en general- sacrifican a algún camarada en
desgracia ¿Quien les asegura que el día de mañana no sea uno de ellos el
incriminado?
El deber de
cambiar las reglas del juego político, que generan la clase de dirigentes
políticos que cuestionamos, es de la
sociedad misma. Aunque ésta ya no los tolera, se halla impotente de hallar
soluciones adecuadas por carecer de interlocutores válidos. No se puede
recurrir a aquellos políticos, que con mejor imagen pública, tratan de revertir
tal descrédito. Un técnico-político experimentado aludió sobre uno de aquellos:
"Una monja no puede trabajar en un prostíbulo”. Desde joven comprendí que
no se puede pelear con los malos en sus propios dominios, hay que obligarlos al
cambio de sus armas, sino se pierde.
Este es nuestro gran
desafío actual: generar condiciones sociales propicias para que emerja una
dirigencia que nos merezcamos y nos represente cabalmente. Que cumpla con un
mandato social simple e imperativo: Idoneidad y transparencia en el
ejercicio del poder delegado”.